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jueves, 12 de enero de 2017

La aventura de Luis



 Luis entró en un bar a tomarse un café, allí conoció a Rosana.
Él la miró y le sonrió, ella respondió con una agradable sonrisa e iniciaron una conversación intrascendente, lo habitual en una situación así.
Llegado un momento hubo silencio entre ambos, Luis tomaba su café cuando ella le dijo.
 -¿Te apetece venir a mi casa? Mi marido no está.

Desconcertado,  solo pudo sonreirle sin decir nada. Ella entonces hizo un gesto levantando las cejas y ladeando ligeramente la cabeza.
La propuesta era tan directa que no había manera de poder hacer tiempo para pensar nada, por otro lado. ¿Qué había que pensar?
O si o no, pero deprisa porque si demoraba demasiado, podría ella entonces beneficiar a otro.
Pero quién no recela de una oferta tan generosa que se sale de lo normal para entrar directamente en la clasificación de maravilla.
-¿Y eso?-, le contestó Luis.
-¿Te apetece o no?
Luis miró al camarero que desde el otro lado de la barra les miraba de soslayo.
-Si, apetecerme me apetece, pero me resulta una situación algo extraña.
-Entonces déjalo estar.
Luis quería aceptar, pero le asustaba que aquello pudiera tener consecuencias no previstas, o que fuera un truco para robarle, o algo peor, pero su éxito con las mujeres nunca había sido nada relevante y ya no recordaba la última vez que había podido gozar del cuerpo de una mujer.


-¿Vives lejos?-, le preguntó Luis.
-No.
-De acuerdo.
Ni él se podía creer que hubiera aceptado, su vida era monotona y sus acontecimientos tan regulares y previstos que aquello era una revolución en su vida, y así se sentía emocionalmente, renovado y revolucionado.
-¿Vives lejos?
-No, llegamos enseguida.
Luis pagó la cuenta y el camarero le miró como quien guarda un secreto que quiere ser escupido.


Luis miraba a Rosana mientras frotaba su cuerpo con la esponja.
-Tengo que irme, mi mujer estará preocupada.
-Me lo imagino, cielo. Si quieres yo la llamo por teléfono y le digo que estás bien.
-No. no, solo suéltame para que pueda irme.
Rosana le sonrió dulcemente y se aproximó  hacia donde Luis la noche antes había dejado la chaqueta.
Buscó en los bolsillos hasta encontrar el teléfono de su prisionero.

-¡No se te ocurra!-, le  gritó.
Rosana trasteaba el teléfono.
-A ver...¿Quien tienes aquí?
-Deja la agenda-, contestó Luis -mira,  si me sueltas yo me voy y aquí no ha pasado nada.
-¿Como que aquí no ha pasado nada?-,  contestó airada- ¿Y el cariño que te di y te estoy dando?  ¡Egoísta de mierda!
-No te debo nada, tu me invitaste a subir. Y deja mi teléfono.
-¿Es el teléfono de tu mujer?-, le mostró en la agenda un número de teléfono identificado con una fotografía, en la que Luis está posando junto a una mujer -Si, debe serlo.
-Si dejamos las cosas como están-, dijo él -no te denunciaré ni nada, solo me voy y se acabó.
Pero Rosana  tenía otros planes.

-Te haré una fotografía.
-¡Hija de la gran puta! ¡Déjame en paz de una vez!
-No te enfades conmigo, solo estoy estrechando nuestros lazos. Voy a enviarle la foto a tu esposa.
-¡No! Cuando me sueltes te voy a matar, te voy a matar.
-No te preocupes hombre, la foto te la he hecho de ombligo para arriba.
-Estás loca. ¡Dios! ¿Como he podido ser tan idiota?
-No eres idiota cariño, eres un ser humano normal, que me ha buscado porque me necesitas.
-No te necesito, pensé que serías una adultera a la que le gusta el juego morboso, pero ahora el juego ya ha acabado. Antes estaba enfadado, si me sueltas no te haré nada, solo suéltame y me iré.
Rosana sonrió con ternura.
-No cielo, no estoy casada.

Entonces se abrió la puerta del dormitorio, y entraron  un hombre con un micrófono y otro con una cámara tras el primero.

-Amigo Luis-, Dijo el individuo que llevaba el micrófono -ha participado usted en el concurso de ¿Hasta donde confía en  su pareja?
Rosana  sonreía.
-Ya puedes relajarte-, dijo ella.
-¿La televisión?-, balbuceó Luis, inmovilizado en la cama frente al objetivo de la cámara, empeñada en mirarle como un lobo a un cordero  abandonado en el bosque..

-Su señora esposa está estos días en el pueblo de donde es ella. ¿Verdad?-, le preguntó el individuo del micrófono -Pues no caballero, su esposa está en el plató de televisión en directo.

A unos cuantos kilómetros de allí, Mercedes observaba a su marido atado a una cama y desnudo.
Su sorpresa fue dando paso a un llanto furioso,  le insultaba, se preguntaba el cómo había podido...
Y frente a ella, un público expectante guardaba silencio siguiendo las instrucciones del regidor y disfrutando; por supuesto, de un espectáculo morboso en donde unas personas estaban siendo llevadas a una situación extrema.

A los seres humanos a lo largo de la historia, observar la destrucción de sus semejantes, sobre todo si es de manera institucionalizada   socialmente aceptable, les ha  parecido algo muy apreciado siempre, desde los tiempos del circo romano a las ejecuciones publicas de la revolución francesa.
Con menos violencia física  la descomposición moral como espectáculo satisface también esa demanda perversa y morbosa de las masas, y allí estaban todos, observando a Mercedes, la victima de la traición, apiadándose de ella al mismo tiempo que gozando de su desolación.



El hombre del micrófono,  a los pies de la cama en donde Luis esperaba haber estado solamente  tiempo suficiente como para vivir una aventura intima,  discreta, inconfesable y que se llevaría a la tumba,  se acercó a la cabecera del lecho.
-Amigo Luis, usted pensaba que su esposa estaría unos días en la casa de su madre en el pueblo, pero ella accedió a participar en el concurso, y apostó un dinero a que usted no la traicionaría, pero me temo que su esposa ha perdido la apuesta.

En el público se pudo escuchar un susurro colectivo,  comentarios acerca de la traición del marido, que era observado en una pantalla enorme, en donde Luis aparecía desde los ojos hasta el ombligo.
Mercedes no lo miraba, ocultaba su rostro con las manos y negaba con la cabeza.
Luis, en silencio, se limitaba a mirar el techo,  su enfado se fue transformando en  serena conformidad y resignación.

-Señora Mercedes-, dijo el conductor del programa -ha perdido usted el dinero que apostó, pero tiene la opción de recuperarlo a través de la opción perdón o castigo. Sabe usted que si le perdona, pierde todo el dinero, mientras que si elige castigo puede usted recuperar el dinero apostado.

Mercedes levantó la cabeza, las televisión mostraba un primer plano de su rostro,  todos,  el publico que estaba frente a ella como las personas que desde sus casas, las cafeterías, los centros comerciales,  todo aquel que estuviera frente a un televisor sintonizando el programa, esperaba el  desenlace. ¿Perdonaría Mercedes a su marido o lo condenaría a un castigo aun por determinar?

-Luis ¿Como has podido hacerme esto si yo estaba confiando en ti?-, le dijo ella.
-Merche, cariño, esto era una tontería, yo te quiero, ha sido un error-, Luis intentaba explicarse ante su esposa -yo te quiero, cariño.
-No te puedo perdonar-, dio ella.
-Lo entiendo cariño, recupera el dinero.
-¡No me llames cariño! Ya nunca lo hagas, no te perdono no por el dinero, es por el daño que me has hecho.
-Entonces-, interrumpió el dialogo el conductor del programa - señora Mercedes, entiendo que su decisión es no perdonar.
-Si,  así es-, contesto Mercedes.
Por la televisión aparecían rostros del publico, algunos expectantes y sin emoción, otros enjugándose alguna lagrima  y todos ellos,  disfrutando de las expectativas que la decisión de Mercedes ponía ante todos.

-Mercedes-, dijo el conductor del programa -debe usted pronunciar la palabra castigo o perdón de forma clara y alta, para que no hayan malos entendidos.
Mercedes miraba a la gran pantalla, en donde Luis aparecía con el torso desnudo y el rostro compungido.
-Castigo-, sentenció por fin.
Luis, resignado, cerró los ojos y no dijo nada.

El presentador del programa se dirigió al publico.
¿Han escuchado ustedes lo que Mercedes ha decidido?
El publico entonces respondió gritando, unos con más entusiasmo que otros, unos sentados y otros poniéndose en pie.
-¡Castigo! ¡Castigo!

 En la gran pantalla del plató televisivo, los rostros de Mercedes y de Luis expresaban emociones diferentes, ella se sentía con el derecho a sentirse herida y a no perdonar, se sabía considerada victima, arropada emocionalmente por cualquiera que la observara, por el publico que gritaba ¡Castigo! ante ella, por los miles de personas que en cualquier lugar estuvieran viendo ese canal de televisión, arropada por las lenguas morbosas que lamían su herida.
Luis, despojado de la dignidad,  se sometía de mala gana  pero resignado,  sin llegar a entender la razón por la que estaba siendo roído por la voracidad morbosa de miles de personas. ¿Por qué el destino le había reservado aquello?
El culpable, él se sentía y se sabía culpable ante los ojos de todos, razón de su silencio resignado, miles de dedos pulgares le estaban aplastando contra el suelo.
Miles de bocas perversas estaban clavando sus dientes en sus carnes,  sintiendo la presión de sus dentaduras.

Apareció en el plató televisivo una mujer joven sonriente, llevaba un sobre que entregó a Mercedes, ella lo abrió y contenía el dinero que había apostado.
Desde la habitación en donde Luis permanecía aun atado a la cama, el presentador del concurso se dirigió a ella.
-Señora Mercedes,  enhorabuena,  ha podido recuperar su dinero y ahora es el turno del publico.
La muchacha que le entregó el dinero,  sacó a Mercedes del plató, ella allí ya no tenía nada que hacer, su papel en todo aquello había terminado.

Ahora quedaba el plato más preciado, lo que desde el principio era el deseo oculto de las decenas de publico que asistía a  la emisión en directo del programa. El castigo.


-Ahora el publico-, dijo el presentador  -ha de decidir qué castigo elige para Luis,  son los que aparecen bajo la pantalla del televisor.  Azotes o una exhortación moral.

Las personas asistentes en directo,  ya contaban en sus manos con un dispositivo electrónico para efectuar la votación.
En la pantalla aparecerían dos números de teléfono y el texto.
-El publico, incluso desde su casa, podrá hacerle justicia a Mercedes y castigar a Luis. Para votar por azote envía un mensaje al numero que aparece en la pantalla de su televisor,  y si opta por la exhortación moral, votad enviando al numero que aparece ahora  en el televisor. Es fácil,  solo hay que seguir las instrucciones.

Una gráfica mostraba en la pantalla el porcentaje de votos y las opciones elegidas.

La aventura de Luis y  la humanidad convertida en carne picada.




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