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jueves, 12 de enero de 2017

Patio




Pero no he de engañarme, éste en el que estoy es mi Universo.
 Me paso horas en esta habitación, cerca de una ventana desde la que puedo observar una parte del mundo exterior, un patio de vecinos que en ocasiones se anima y refleja el carácter e inquietudes de esa pequeña comunidad y de sus gentes.
Soy una muñeca sobre un mueble junto a una ventana, piensan  que las muñecas no sabemos que existimos, pero escuchamos y guardamos los secretos de la humanidad desde que son niños.


Escuchando los trajines del vecindario se me pasa el día, frustrada en ocasiones por no poder intervenir, por no tener voz, solo testigo inerte del día a día.

Mido el tiempo a través de los sonidos que se repiten diariamente, la vida de los seres humanos está compuesta por ciclos, repeticiones de un ritual improvisado que en ocasiones suele verse ligeramente alterado para querer regresar a la rutina.

Incluso mi vida está sometida a ese ritmo a través de la observación de los acontecimientos del mundo exterior.
He llegado a maldecir la consciencia que me hace capaz de reflexionar y que sin capacidad de actuar se convierte en un infierno, una  celda insonorizada que no permite la exteriorización de mis gritos.

Las personas que más allá de esa ventana hacen sus vidas,  no muestran muchos rasgos de consciencia, más bien viven el día a día intentando que al llegar la noche no les haya pasado nada malo y eso les permita conciliar el sueño.

Pero en ocasiones, algunas de esas criaturas se atreve a romper el ritmo diario, la armonía monótona de la comunidad.


Uno de esos acontecimientos  está ocurriendo justo enfrente de mi ventana.
Todos los Jueves por la tarde, se abre la ventana que enfrenta a la mía y  el verano colabora con la poco digna; he de reconocerlo, afición a mirar la vida de los demás.
Ella espera asomada en la ventana que da al patio vecinal, sabe que a esas horas nadie está en el edificio.

Y siempre en la ventana, hasta que  él llega por detrás para abrazarla, entonces se retiran un poco, pero sin alejarse, y así comienzan su juego amoroso.

A alguno de ellos les debe de gustar fantasear con la idea de exhibirse, permaneciendo unos minutos frente a mi ventana, confiados en que nadie hay  en la casa en esos momentos.
Sin sospechar que les observo.
Después se tumban en la cama, que sigue siendo visible aunque con dificultad desde  mi puesto de observación.

Ellos fantasean con ser observados  y no saben que lo son,  y yo intento imaginar lo que el plástico de mi cuerpo es incapaz de hacerme sentir.

Mi vecina acogedora,  que una vez a la semana permite el acceso a su amante,  rompe mi rutina con el  deseo; el mio, de que llegue ese día.
No sé si será el mismo deseo, la misma inquietud que ella siente, pero es un evento que espero cada semana, a que abra esa ventana y que ella se asome a la espera de su hombre.

¿Cómo puede sospechar ella que yo;  una muñeca olvidada en un mueble,  puedo observarla?


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